jueves, 10 de diciembre de 2015

REAL-ITY

"Las personas tenemos miedo a mostrar quienes somos en realidad. Por eso vivimos inventando cada día la historia de nuestras vidas que queremos contar y nos guardamos la historia real."



REAL-ITY
Sheila Sheeran
Todos los derechos reservados
©2015

¡Sorpresa!

capítulo 1



ABIA

Creo que la confusión la llevo por naturaleza. Una vez a los dieciséis, a escondidas en la madrugada, cuando ya papá dormía, llamé a una línea síquica. Cuando llegó la factura del teléfono la culpa se la llevó Ada, la señora que nos ayudaba en la casa (creo que todavía lo hace, no lo sé), la que cuidaba de mí mientras papá trabajaba diseñando rascacielos. Me costó la mesada de dos meses. Ada aceptó mi propuesta, la de cargar con la culpa, pero tuve que pagarle hasta el último centavo que papá le descontó de su cheque por la llamada y un poco más, “daños y angustias mentales” dijo Ada que le causé.

Ese mismo año sufrí de una obsesión compulsiva de jugar Ouija. Después que escuché en el colegio a unos niños decir que a través de ese juego los muertos respondían tus preguntas, quise probar, tal vez lograba comunicarme con mi madre y me contaba si valía la pena romperse tanto la cabeza con planificar el futuro. El intento nos duró poco. El Ouija murió cuando la mamá de mi mejor amigo nos encontró jugándolo en la madrugada y nos acusó de hacerle culto al diablo. Que cómo era posible que nosotros, que estudiábamos en un colegio cristiano estuviéramos tentando a Lucifer así. Esa noche la casa olía humo, Tommy yo observábamos desde el cuarto cuando su mamá quemaba el juego en el patio.

“Lo ayudamos a tomar las mejores decisiones para su vida”, decía el anuncio en el periódico. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad? Esa misma tarde que vi el anuncio, el día en que cumplí dieciocho años, a punta de chantaje, de decirle a una novia que tenía Tommy, que frecuentaba otra chica, lo obligué a visitar conmigo un síquico, el del periódico. Por aquello de averiguar si era una farsa o no, hice que le dijeran a él su futuro primero, para no abusar yo pagué su sesión. No es que creyera en esas cosas, es que necesitaba ir descartando cada una de las opciones que tenía enfrente para mi futuro. Necesitaba saber si habían opciones más allá de las que me mostraba mi papá. Me sorprendí al saber que no era una síquica con un pañuelo rojo en la frente y el pelo como si tuviera una pelea de gatos en él. Era un síquico. No tenía una bola de cristal ni cara de charlatán. No habían luces tenues ni humo cubriendo el suelo. A pesar de causar la impresión de que la cosa era seria, la visita fue breve. Demasiado. Cuando Tommy le hizo la segunda pregunta ‘¿Cómo se llama el amor de mi vida?’, el hombre respondió:
—Renato.
Pensé que había escuchado mal que había confundido la letra O por la A pero el síquico volvió a repetir ‘Renato’.
Literalmente tuve que aguantar a Tommy porque le partiría la cara al síquico si no lo hacía. Es la única vez que lo he visto fuera de sí. Esa fue la última vez que Tommy me acompañó en una andada de esas y la primera vez que me mandó a la mierda. Ese verano me resigné a que lo mío era algo que venía en la mezcla de genes que llevo. Abia De Luna Choi, ese es mi nombre, de padre puertorriqueño y madre coreana, viví en España hasta los diez años y el resto de mi vida ha acontecido entre Los Estados Unidos y aquí, Puerto Rico.
Hoy tengo ganas de encontrarme con un síquico en la calle, con alguien que me diga qué será de mí. Camino a través de la acera que forma un parque lineal ubicado justo enfrente al edificio donde resido desde hace cuatro años. A diario suelo transitar de regreso del trabajo a través de este mismo concreto pero en dirección contraria. Me gustar ver como en la noche las luces de los faroles se reflejan en el agua de la laguna que bordea el parque. Hoy no es de noche, es domingo en la mañana. Por suerte no trabajo. Son a penas las diez y media. Cargo en mi mano derecha un bolso de papel con algunas manchas de grasa que empiezan a mostrarse, pienso en las papas fritas que deben estar mongas. En la izquierda llevo mi celular y la esperanza de que tal vez suene.
Sin mirar me detengo frente a mi banco favorito. Es el tercero a la derecha. Caminar hasta él ya se ha convertido en algo natural, algo que es parte de mí. Levanto la mirada para asegurarme que en efecto estoy frente al tercer banco. Hoy está ocupado. “¿Ocupado?” Sí. Alguien ha tenido la magnífica idea de echar una siesta en mi banco. Todos en este parque saben que ese lugar me pertenece. Con la mano donde cargo la funda de papel le doy un par de cantazos en el pie.
—Muévete que este no es tu lugar. —Hoy no me siento amable. Bueno, sí me levanté amable pero la pasada hora me robó cualquier ganas de amabilidad.
Al instante me arrepiento de haberle tocado. Y es que cuando veo el estado de sus pies descalzos.
¡Uy!
Asco.
No, pena.
No sé si la regla de los cinco segundos aplica en circunstancias como estas. Ada, siempre decía: “cuando se te cae un alimento en el piso tienes un espacio de cinco segundos para recogerlo sin que se contamine con los gérmenes”. Lo decía con tanta convicción como si ella misma hubiese comprobado de manera científica la veracidad de esa premisa. Creo que en esta ocasión estoy salva porque a éste solo lo toqué por un segundo, dos a lo máximo. Pero si me dejo llevar por el color oscuro del sucio que cubre sus pies...ni un segundo sería seguro. De repente me viene a la mente la imagen de un inodoro público. No sé por qué.
Con el tiempo aprendí que esa teoría de los cincos segundos la puedes aplicar en otros aspectos de tu vida. Al tomar una decisión importante, si tu intuición no te dice que en los cinco segundos siguientes, es de seguro un no lo que deberías responder. Por eso a escondidas hice el postgrado en historia y no en arquitectura como creía papá. Dice que lo que hice fue un robo. Yo creo que fue uno parcial. El postgrado fue en historia de la arquitectura. Pero es que ya lo había complacido con el bachiller. Ya tenía el diploma con mi nombre graduada con un bachiller de diseño arquitectónico de MIT y promedio de 3.90 colgando en la pared principal de su despacho. Ya lo había complacido. Era momento de complacencias para mí, aunque las pagara él. A veces me pica la curiosidad por saber si mi diploma de bachiller todavía cuelgan de aquella pared en su despacho, si todavía presume de ello con sus clientes y colegas. Estoy segura que el diploma de postgrado no llegó ni a entrar en aquella habitación.

De repente el pelo en mi rostro, a consecuencia de una ventisca, me hace recordar donde estoy. El hombre permanece inmóvil y yo pienso “Ab, búscate otro banco”. No, hoy no me buscaré otro banco, quiero el mío. Quiero el pedazo de madera donde suelo sentarme a pensar. Lo necesito. Aunque confieso que no sé si hoy pueda pensar con cordura, como siempre me ha exigido Andrés De Luna, mi papá. Necesitaré algunos días para organizar todo lo que tengo en la cabeza, creo que unos meses no me vendrían nada mal.

Desde que confirmé las sospechas, ensayé una y otra vez la manera más cuerda posible para decirle. Sin embargo, de mi boca no llegó a salir una sola palabra de las que había memorizado. Es que cuando comenzó hablar, me pareció que él sí estuvo días ensayando las suyas, las que soltó sin rastro de duda. Tommy tiene muy claro lo que quiere hacer con su vida, siempre lo ha tenido y en ella no estoy yo, no de la forma en que ahora pareciera que debiera estar. En realidad en la mía tampoco estaba él. No porque no lo quisiera a mi lado. Es una buena compañía, mi mejor compañía, hasta hace una hora lo era. Quiero hacer tantas y tantas cosas que no tengo ni idea de qué quiero. Ahora, una hora más tarde de lo que se supone fuera un desayuno cordial en mi departamento, sigo sin saber qué quiero hacer con mi vida pero Tommy está más presente que nunca... muy a mi pesar.
—Señor, muévase que tengo hambre —vuelvo a tocar al mendigo desconocido después de lanzarle mi segunda advertencia. Esta vez lo hago con mi celular.
Lo veo reaccionar. Hace un sonido grotesco que creo le sale de la garganta. Al unísono eleva las rodillas recogiendo los pies pero no se endereza. No me parece conocido. A éste nunca lo he visto por aquí. Me siento en el pequeño espacio que libera. Mientras abro la funda de McDonald’s, de reojo intento ver un poco más del atrevido que ocupa mi banco y es cuando el olor a carne se mezcla con un olor a zorrillo y creo saber de dónde viene. Refugiar la nariz en mi hombro es mi primer instinto para sobrevivir. Veo que lleva puesto un vaquero desteñido con varios desgarres en la tela. Una especie de abrigo le cubre el torso y una capucha el rostro. Hago un esfuerzo sobrehumano y saco mi nariz del refugio, solo alcanzo a ver el volumen de la barba castaña que sobresale de la cueva en que tiene escondida la cara.

Intento ignorarlo y me fuerzo a comer algo, necesito azúcar en mi cuerpo para funcionar. Desenvuelvo la hamburguesa y le doy un mordisco. No llego a tragar el bocado cuando ya estoy llorando como una niña tonta. Veo que el hombre esta vez sí se endereza y amplía el espacio entre los dos. Me parece que se asustó con mi llanto. “Estamos a mano, amigo, yo me asusté con tu olor.” Le extiendo mi mano derecha con la hamburguesa mordida. Ya no tengo hambre. No tarda en tomarla y cuando siento mis manos vacías me las llevo al rostro para cubrirlo. No estoy pensando como necesito hacerlo, sigo llorando.
Pierdo el sentido del tiempo, fácilmente llevo minutos aquí.
—¿Helado? —alguien pregunta.
Reacciono mirando a mi lado izquierdo, pero enseguida que recuerdo que no estoy sola giro la cabeza hacia la derecha.
—¿Helado? —vuelve a preguntar mientras hunde en mi sunday de vainilla con caramelo mis papas mongas y se las lleva a la boca.
Me quedo observando en su dirección sin poder ver más allá del matojo de pelos. Me habla en español pero con un acento extranjero.
Por tercera vez vuelve a ofrecerme helado, esta vez en silencio empujando un poco con la mano libre el vaso plástico donde está “mi helado”. En silencio también declino el ofrecimiento. Entonces, aparece ante mí una servilleta de papel la misma que acepto y con ella seco algo de la humedad que todavía queda en mis ojos y me limpio la nariz.
—Tu boca está sucia de kétchup—advierte justo en el momento que comienzo a pensar “qué amable este fulano”.
Me limpio la boca mientras me debato entre si agradecerle o insultarlo. Mientras lloraba mis penas este hombre se comió mi almuerzo, que también era mi desayuno porque el desayuno que preparé, el que se supone comiéramos Tommy yo, debe estar como hielo sobre la mesa del comedor.
Desisto de cualquier intención maligna contra este hombre. Poco a poco voy poniéndome de pie a la misma vez que rebusco en los bolsillos traseros de mi jean.
—Ten —le digo extendiéndole el puño cerrado con el sobrante de un billete de veinte dólares con el que pagué en McDonald’s—. Creo que te da para la cena.
Cuando extiende su mano noto la mugre que forma líneas negras bajo sus uñas.
—Gracias —dice.
Comienzo alejarme cuando le escucho hablar:
—Lo que sea —me detuve al instante— que te hace llorar no puede ser peor que esto que vez aquí —hizo un gesto con ambas manos señalándose a sí mismo.
—Veamos —le digo y me callo para que continúe, para que me cuente su historia.
Se pone de pie.
—Treinta y un años, sin casa, ni familia, ni trabajo. A veces pasan días sin que pueda tomar tan solo un vaso de agua.
Voy paseando mi vista desde sus pies hasta el rostro. No es para nada un recorrido placentero. No llego a verle con claridad los ojos. Me quedo en silencio pensando en la gravedad de su situación. Me confieso y mientras lo hago voy comparando su realidad con la mía.
—Veintinueve años, con casa, familia, trabajo, sin saber qué hacer con mi vida y preñada del hombre que me acaba de mandar a la mierda.
 Entonces, es él quien permanece en silencio unos segundos, luego vuelve a sentarse, toma una papa monga y se la zumba de un bocado.
—Suerte, la vas a necesitar —me dice con unas gotas de helado escurriéndosele por la barba asquerosa.
Y yo solo quiero saber dónde está la madre que lo parió.


Todos los derechos reservados
©2015 Sheila Sheeran
Registrado en la Librería del Congreso de Los Estados Unidos